“La poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitable para los imbéciles.”

(ALDO PELLEGRINI)

sábado, 31 de marzo de 2018

Ostras frescas: Daniel Noya





OSTRAS FRESCAS

Anton Chejov murió a las tres de la madrugada durante una noche
sofocante de Junio.

¿Qué pensaría Chejov en las horas amargas de su muerte?
¿En ganar la batalla al bacilo de Koch?
¿En espolvorear al viento cálido de Selva Negra sus últimos pensamientos?

Anton Chejov murió a las tres de la madrugada mientras una mariposa nocturna
se achicharraba contra una lamparilla eléctrica.
Lo sé porque leí Tres rosas amarillas.

Espabílate, Chejov.
Espabílate.
Eso le decía de pequeño su madre.
Chejov era miope y tenía para Tolstoi andares de muchacha.

La muerte pulió el rostro de Chejov hasta convertirlo en distancia
durante una noche sofocante de Junio en el balneario de Baldeweiler.

 ¿Qué pensaría Chejov en el balneario de Baldeweiler mirando a las montañas?
¿En los pantalones adecuados para recibir a Tolstoi?
¿Recordaba tal vez que la medicina fue su mujer legítima y la literatura su amante?

¿Qué pensaba mientras leía guías de ferrocarril en el balcón de su habitación
jadeando a las montañas?

Cuando murió Chejov a su lado se encontraba su mujer Olga Knipper.

¿Qué pensaría Chejov bebiendo su última copa de champán?
¿Pensaría en Taganrog, la ciudad de barro y de silencio de su lejana infancia?
¿En que le quedaban ya pocos instantes para decir su última frase?

Ich Sterne
diría
moviendo por última vez sus labios.

El hielo enfría el tacto de los moribundos
y queman como fuego sus manos, supo entonces Olga.

No se puede poner hielo en un estómago vacío, dijo Chejov ya casi muerto.

La muerte se llevó a Chejov en el balneario de Baldeweiler.
Ha sido un honor
dijo el doctor al despedirse de Olga Knipper.

La mujer de Chejov permaneció a su lado hasta el amanecer.
Se me hace más fácil vivir cuando me escribes – recordó.

Al alba se escuchaba el canto de los tordos.
Esto también lo aprendí leyendo a Raymond Carver.

Su cadáver viajó en un ferrocarril acompañado de un cargamento de ostras.
Ostras frescas
anunciaba un letrero equivocado que se leía en su ataúd a modo de epitafio.


De: Órdenes del corazón

Daniel Noya

 








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