“La poesía pretende cumplir la tarea de que este mundo no sea sólo habitable para los imbéciles.”

(ALDO PELLEGRINI)

lunes, 28 de enero de 2019

La mala suerte: Olga Orozco




  La Mala Suerte  

Alguien marcó en mis manos,
tal vez hasta en la sombra de mis manos,
el signo avieso de los elegidos por los sicarios de la desventura.
Su tienda es mi morada.
Envuelta estoy en la sombría lona de unas alas que caen y que caen
llevando la distancia dondequiera que vaya,
sin acertar jamás con ningún paraíso a la medida de mis tentaciones,
con ningún episodio que se asemeje a mi aventura.
Nada. Antros donde no cabe ni siquiera el perfume de la perduración,
encierros atestados de mariposas negras, de cuervos y de anguilas,
agujeros por los que se evapora la luz del universo.
Faltan siempre peldaños para llegar y siempre sobran emboscadas y ausencias.
No, no es un guante de seda este destino.
No se adapta al relieve de mis huesos ni a la temperatura de mi piel,
y nada valen trampas ni exorcismos,
ni las maquinaciones del azar ni las jugadas del empeño.
No hay apuesta posible para mí.
Mi lugar está enfrente del sol que se desvía o de la isla que se aleja.
¿No huye acaso el piso con mis precarios bienes?
¿No se transforma en lobo cualquier puerta?
¿No vuelan en bandadas azules mis amigos y se trueca en carbón el oro que yo toco?
¿Qué más puedo esperar que estos prodigios?
Cuando arrojo mis redes no recojo más que vasijas rotas,
perros muertos, asombrosos desechos,
igual que el pobrecito pescador al comenzar la noche fantástica del cuento.
Pero no hay desenlace con aplausos y palmas para mí.
¿No era heroico perder? ¿No era intenso el peligro?
¿No era bella la arena?
Entre mi amado y yo siempre hubo una espada;
justo en medio de la pasión el filo helado, el fulgor venenoso
que anunciaba traiciones y alumbraba la herida en el final de la novela.
Arena, sólo arena, en el fondo de todos los ojos que me vieron.
¿Y ahora con qué lágrimas sazonaré mi sal,
con qué fuego de fiebres consteladas encenderé mi vino?
Si el bien perdido es lo ganado, mis posesiones son incalculables.
Pero cada posible desdicha es como un vértigo,
una provocación que la insaciable realidad acepta, más tarde o más temprano.
Más tarde o más temprano, estoy aquí para que mi temor se cumpla.


Olga Orozco


domingo, 27 de enero de 2019

Invocación a un dios menor: Daniel Noya




INVOCACIÓN A UN DIOS MENOR


            No haber nacido es
la sabiduría especial de Sileno, ebrio dios menor seguidor de Baco.

Concédeme,
sátiro,
lo que concediste al rey Midas:
el poder de convertir en oro el estiércol,
la magia alquímica de transformar las gastadas palabras en poesía,
la amorosa abundancia del caudal.

Aunque tenga para eso que estar contigo borracho
diez noches con sus diez días,
aunque tenga que beberme una entera fuente de melancolía,
todo un recipiente repleto de soledad.


Concédeme el hábil manejo del aforismo, la suavidad del verso,
la caricia del mar al atardecer,
la claridad diurna de aquellas noches de mi lejana infancia.

Concédeme el alma cálida todavía no malherida y rota de mi juventud,
la espera de la estación arrinconado como un topo en el repliegue de mi paisaje,
el dibujo torpe de la edad
sobre mis pasos y en la hondura de mis huesos.

No haber sentido la caricia inhóspita de la espina
es la sabiduría especial
del anciano sátiro, hijo del mensajero de los dioses.

 Más yo prefiero,
sin embargo,
            al igual que Sémele,
 abrasarme con los rayos, ennegrecerme en el fango de esta vida.

Prefiero que me nazcan canas en las sienes, amanecer
con la voz cascada
que desaparecer en la oscura noche sin carne, sin besos, sin aire.
Y es que no sé qué hacer en la ausencia,
sin el calor de una piel que me sirva de nido o de memoria,
sin el consuelo de un pequeño recuerdo que me sirva de rastro
y que me lleve suavemente de nuevo hacia el temblor de tu cuerpo.


                                     De: Órdenes del corazón

                                                   Daniel Noya

sábado, 26 de enero de 2019

En mi costado izquierdo: Tomás Salvador González




















EN MI COSTADO IZQUIERDO


En mi costado izquierdo
hay una esquina llena de naranjas
y nada más bajar la calle
se sale al mundo
            barren con ramas secas
la panera de mi abuelo.
Oigo desde fuera las puntas
flexibles de los huesos
en las baldosas.
                        Se ve la báscula
cuando cruzo la carretera
a escondidas. Hace años que no vivo
con mi abuelo y le he cogido vergüenza,
es tan bueno que no sé qué decirle.
Voy al cruce a juntarme con los demás.
Iremos a coger berrazas
a la laguna grande
y traeremos más que nunca,
una herrada cada uno por lo menos.



Siempre es de noche en los bolsillos

Tomás Salvador González