Por qué mi carne no te quiere verbo,
por qué no te conjuga, por qué no te reparte,
por qué desde las tapias no saltan buganvillas con tus significados
y en miradas de azogue que no reverbera el sol
dando de ti noticia,
ni se destapan cajas con tu música
y su claro propósito,
y ningún diccionario ajeno te interpreta.
Por qué, por qué, Amor mío,
eres mapa ilegible,
flecha desorientada,
regalo ensimismado en su intacto envoltorio,
palabra indivisible que nace y muere en mí.
Doy
a la poesía mis brazos las gracias mis viajes y mi vida. Las alas de la paloma de picasso caída en Indochina. Las alamedas y los almacenes y los juguetes y el primer premio de la
lotería. Las alucinaciones las asociaciones inverosímiles, los misiles y la mierda
de los tratados de paz. Las algas de larguísima cinta de la costa las olas alardeando de
imprevistas simas, las alimañas y las mariposas y los volquetes y el amarillo
de las autopistas. A la poesía las alquimias del verbo el laboratorio de las palabras y las
piernas con rima o sin rima, la espaciosa y triste España el pálido rostro de Checoslovaquia y la
plaza de Santa Clara en Las Villas. Las almas de Dostoievski y los tropezones de Kafka y el Retrato del artista adolescente,
la altura de los aviones bien avenidos la destreza de la juventud y su alegría. A la poesía la alteración del orden y la construcción de la justicia. A ti poesía mi compañera mi camarada de quince años mi desgracia más
grande y mejor recibida.
Ahora escribo pájaros.
No los veo venir, no los elijo,
de golpe están ahí, son esto,
una bandada de palabras
posándose
una
a
una
en los alambres de la página,
chirriando, picoteando, lluvia de alas
y yo sin pan que darles, solamente
dejándolos venir. Tal vez
sea eso un árbol
Roma, 1995 Estamos en invierno y esto es Roma
y tú no estás.
Yo voy de un lado a otro
de tu nombre,
lo mismo
que un oso en una jaula;
marco un número;
pongo la radio, escucho una canción
de Patti Smith dar vueltas dentro de Patti Smith
igual que un gato en una lavadora.
Estamos en invierno y yo busco un cuchillo;
miro la calle;
pienso en Pasolini;
coges una naranja con mi mano.
Y esto es Roma.
La nieve
convierte la ciudad en una parte del cielo,
ilumina la noche,
deja sobre las casas su ángel multiplicado.
Y tú no estás.
Yo cierro una ventana,
miro el televisor,
leo a Ungaretti,
pienso:
la distancia es azul,
yo soy lo único que hay entre tú y este frío.
Estamos en invierno y esta ciudad no es Roma
ni ninguna otra parte.
Miro atrás
y puedo verlo: acabas de apagar una lámpara;
has cerrado los ojos
y sueñas con un bosque;
de repente
alargas una mano,
buscas una manzana
que está en el otro lado de la mujer dormida...
Mientras,
yo odio este mundo frío como el infierno
y el cansancio que caza lentamente mis ojos;
odio al lobo que has puesto en la palabra noche
y la forma en que llenas la habitación vacía.
Odio lo que veré
desde hoy y para siempre: tus pisadas
en la nieve de Roma, donde nunca has estado.